ANTEQUERA  - MÁLAGA -

 

Antequera monumental

Para visitar  Antequera, hay que advertir algunas cuestiones previas. La fama de Antequera es injusta por insuficiente. Debería ser una de las ciudades más renombradas de España y, sin embargo, es desconocida para la gran mayoría, pese a que, con Ubeda y Baeza, es de las ciudades andaluzas con mayor y mejor patrimonio histórico y artístico. Todo lo más, se sabe de una colegiata imponente, la Real Colegiata de Santa María la Mayor y un punto en el horizonte llamado La Peña de los Enamorados, paralelo a la Autovía del 92, que provoca un golpe de efecto clásico en el típico paisaje antequerano.

Ahora está restaurándose la herida abierta por el anonimato, atribuible, en cualquier caso, a la propia Antequera. Los confines de los antequeranos, durante décadas y décadas, se acababan en su mundo, en las piedras de una ciudad encerrada en sí misma, introvertida por excelencia, sin valorar las posibilidades socioeconómicas de su riqueza patrimonial. Hace unos años, nadie se habría aventurado a pensar que Antequera pudiese abandonar ese aspecto conventual. Una contradicción, pues hay que hacer como Diógenes para encontrar algún antequerano que no sea exégeta de su ciudad. Son gente fiel a sus tradiciones, religiosa en su excepcional Semana Santa, y no por ello abandonan la suerte de convertirse en posibilistas. La apertura recién iniciada ha supuesto que los dólmenes más importantes de Europa -Menga, Viera y Romeral- recibieran en 1994 más de 50.000 visitantes, récord aún insignificante para la categoría universal de estos testimonios megalíticos.

Entrada de la Cueva de Menga. Antequera

La privilegiada Antequera es algo más, muchísimo más, tanto como para que todo su conjunto merezca aproximarlo a la calificación imposible de obra de arte. Sin la menor exageración. Es de las pocas ciudades que pueden permitirse la fantasía de manipular el tiempo como si se tratase de una de esas novelas de Umberto Eco en las que el narrador unas veces está en el presente y otras en el pasado. Funde, magistralmente, historia y fábula, de ahí que sea tan propicia a romances y leyendas. Desde el Abencerraje y Halima a La Moza Garrida y Los Enamorados de la Peña. Una fuente de extraordinaria riqueza para describir la oposición y el enfrentamiento de dos religiones (culturas) fuertemente rituales: las dificultades de las comunidades árabes y cristianas para la vida en común, sus prejuicios mutuos, el aferramiento a las prácticas y costumbres propias y el rechazo de los unos y los otros. En definitiva, esas incompatibilidades cotidianas que diseñan una época en la que dos amantes, frente a sus ramas contendientes, adoptan la postura trágica de arrojarse al precipicio de la que para siempre se denominará Peña de los Enamorados.Peña de los Enamorados. Antequera

La autobiografía de Antequera está escrita con tres discursos esenciales. El discurso artístico, que es culminación histórica, pero que tiene continuidad en manifestaciones como las de Cristóbal Toral, pintor antequerano que posee su propia sala en el Palacio de Nájera, reconvertido en Museo Municipal. Allí, entre otras piezas de incalculable valor se encuentra el Efebo, versión romana del original griego del siglo V antes de Cristo. El discurso de la Naturaleza, que es remate geográfico de la singular exclusividad de El Torcal. Y el discurso de la vida cotidiana, activa y pujante, que también se expresa en la conservación del pasado individual y colectivo. Los tres explican Aptequera, una ciudad asentada en el centro de Andalucía y que, como tal, podría articular y equilibrar las distintas «andalucías» a las que aludía Ortega y Gasset.

La ciudad, como la realidad histórica, no es nunca independiente de las etapas por las que pasó en su evolución. La cultura agrícola de Antequera se remonta al siglo III antes de Cristo, dos mil años después de originarse los dólmenes. Esa tradición agraria ha mantenido a Antequera como una ciudad de «puertas adentro», en palabras de Chueca Goitia: «Aunque a primera vista resulte paradójico -dice-, la ciudad exteriorizada es mucho más opuesta al campo que la ciudad interiorizada.» Está dentro de la lógica antequerana. Al contrario que Ronda, ha vivido de sí misma, sin abrirse a las posibilidades externas. Ronda se asoma a una idea romántica, incluso neurótica en el sentido goethiano. Los tajos siempre provocan obsesiones. Antequera es más integral y, precisamente por eso, mucho más serena -incita a la reflexión- y menos aventurera. El contacto directo con la belleza, obvia en ambas ciudades, proyecta la adhesión o la disidencia. Depende de una visión que puede ser rica y acci- dentada al mismo tiempo.

La fisonomía urbana de Antequera es un producto planteado desde 1492, año con el que comienza uno de los momentos más claros de su larga historia. Se produce una profunda remoción de sus gentes con la llegada de una masa repobladora que procede al reparto de las tierras ganadas con la conquista, en 1410, por el infante don Fernando, que pasaría a la historia como Fernando de Antequera. Hasta 1492, la ciudad había crecido «de mala manera», al decir de Jesús Romero Benítez, historiador del Arte. Los pobladores crean la nueva estructura social de jornaleros, campesinos, caballeros y nobles, que perdurará en el futuro e incidirá en toda la comarca. Se dibujan dos formas típicas de propiedad de la tierra: el latifundio de las casas nobiliarias y el minifundio del labrador medio. A partir de ahí comienza a surgir la configuración de la ciudad como el ejemplo que es hoy en día. En los próximos siglos, la arquitectura popular, con matices autóctonos, complementa a las grandes obras religiosas y civiles, los palacios de la nobleza y los caserones solariegos; hay una combinación agraria e industrial que concluye en un proceso de agrarización con el que Antequera retorna a sus origenes. En el siglo XIX, la burguesía de aluvión, gente venida de fuera, emprendedora y empresarial, termina adoptando los usos y costumbres de la nobleza, y con ello gana de nuevo fuerza el campo y se inicia la caída industrial.

Atrás irán quedando el Real Colegio de Plateros, la Real Fábrica de Bayetas y otras industrias textiles, que pertenecen a la memoria histórica, igual que la Cátedra de Gramática y la Escuela de Poesía, a la que se adscriben, entre otros, Agustín de Tejada, Luis Marín y Pedro Espinosa. Huellas de ese floreciente pasado son múltiples y variados monumentos, acordes con las distintas etapas de la historia, que hoy convierten a Antequera en una colección ordenada y cuidadosa de postales con la posibilidad de selecciones distintas. Así, por ejemplo, Renacimiento y Barroco, dentro de sus respectivos alardes suntuarios, dotan a la ciudad de un tipismo conventual aún vigente:

Conventos de la Encarnación, de Santa Catalina de Siena, de San José, de la Victoria, de Santa Eufemia, de Belén, de Santo Domingo, de San Agustín, de Nuestra Señora de los Remedios, de Madre de Dios, de Monteagudo y de la Trinidad.

El esplendor y la gracia del Barroco tiene manifestaciones excepcionales como la Capilla Mayor de la iglesia del Carmen. Esta iglesia no es la única con rango monumental. La enumeración es igualmente amplia: Iglesia Colegial de San Sebastián, de Santiago, de San Juan, de San Juan de Dios, de San Miguel, de Capuchinos y, sobre todo, la renacentista de San Pedro.

Antequera es de esas ciudades que invitan a caminar. No sólo por su dimensión, la propia de una ciudad de 40.000 habi tantes, sino por la proximidad física y continuada de sus lugares de interés. Cualquiera de sus rutas posibles lo ratifica. Desde San Sebastián -centro sociológico de la ciudad-, al impetuoso ascenso al templete del Papabellotas, en la Alcazaba musulmana. El nombre de cada calle, y el olor y el color de infinitos rincones, muestran la ternura artística de Antequera. «La ciudad conserva un conjunto arquitectónico y, dentro de él, un tesoro de pinturas, esculturas y obras de orfebrería artística de primera categoría -dice Francisco López Estrada-, no sólo en relación con las otras de España, sino en parangón con las de Europa y América.»

El valor no es exclusivo de y en la obra religiosa. La colección de palacios es una evidencia verificable. Desde el citado de Nájera (Museo), al de los Marqueses de la Peña de los Enamorados, conocido como Colegio de los Padres Carmelitas. También los de la Marquesa de las Escalonias, Marqués de Villadarias y el propio Palacio Municipal. Todos estos edificios conforman la ciudad, pero no toda la ciudad. A ellos se añaden al menos, con carácter monumental, la Puerta de Granada, el Torreón de Asalto y Postigo de la Estrella y una docena de casas solariegas junto con el Real Monasterio de San Zoilo y el Arco de los Gigantes, construido con restos arqueológicos.

Como en toda manifestación artística, provoca en el observador un aprendizaje sobre si mismo, porque ofrece al pensamiento la posibilidad de sentir, pensar y gozar. Lo más difícil de explicar es cómo ha logrado salvarse de sus «defensores modernos», aquellos que siempre pensaron que la riqueza patrimonial es un quebradero de cabeza, aunque sean muchísimas las ciudades que les gustaría tenerlo. Lo cierto es que ha logrado sobrevivir, y ésa es la garantía de una inmortalidad que ahora está protegida por normas urbanísticas, frente a quienes aspiran a destrozar el tipismo urbano porque identifican el modelo y la vida estadounidense con el progreso.

Antequera es innovadora en la legislación protectora, cuenta con un «Plan Especial del Centro Histórico», uno de los pocos aprobados definitivamente en Andalucía. La expansión se produce acorde con los planes de Ordenación Urbana de 1990 y 1994, fijando el crecimiento en la periferia y manteniendo controles de altura y densidad en todo el casco urbano. La ciudad parece disciplinada, pese a las «meteduras de pata» del tercer cuarto de este siglo y a que, de cuando en cuando, aparece algún solar sin edificar, o una valla enmascarando un edificio derruido. La sociedad es más homogénea, no existen las desigualdades de antaño, y el exponente de los viejos tiempos, «el casino de los caciques, ha cedido ante "La Excursionista", un centro cultural abierto a todos los antequeranos», según el profesor Antonio Jiménez Hidalgo, director del Instituto José Maria Fernández, con el que se homenajea a un cualificado pintor de la tierra. Antequera es, además, tierra de artistas y escritores; no sólo agrícola, con buenas perspectivas comerciales, a través de su polígono industrial.

No obstante, existen rémoras de las antiguas diferencias sociales por una y otra parte. Tanto es así, que la heredada nobleza del poeta José Antonio Muñoz Rojas, vinculado a la Generación del 27, amigo entre otros de Federico García Lorca, fue demorando la valoración y el reconocimiento antequerano de los que es merecedor. El agravio está desagraviado. En cual quier caso, es la arquitectura la que trasciende a la sociedad actual, y ésta la que ha planteado la integración de sus valores simbólicos en una memoria histórica abierta al exterior y destinada a convertirla en una ciudad turística europea.

    Ciudad de Antequera           

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