SERRANÍA DE RONDA
MÁLAGA

LA CIUDAD DE RONDA

Los rondeños no renuncian al pasado porque es patrimonio de la memoria y en ella mantienen a sus padres, los padres de sus padres, y así sucesivamente, hasta encontrarse con Arunda, la primitiva ciudad romana, de la que conservan magníficos vestigios. A veces, esa memoria puede resultar conflictiva, en cuanto que se opone al progreso, pero la experiencia ha demostrado que, cuando éste ha negado radicalmente los sentimientos tradicionales, las pérdidas han sido irreparables, definitivas.

Los esperpentos se asocian a aquellos lugares del Mercadillo donde los planificadores urbanos renunciaron a la posibilidad de conciliar la tradición y el progreso. Dicho con palabras de Julián Marías, aquellos lugares en los que «ocurre como en los toros, donde pueden hacerse tantas cosas, con tal que no sea lo que a uno le da la gana». Quizás el más significativo de los ejemplos sea La Bola, la emblemática Carrera de Espinel, en la que cada cual ha hecho de su capirote un sayo.

Todo en Ronda debería reclamar igual atención. El valor y la significación son los mismos para toda esta ciudad que se levanta sobre una meseta rocosa cortada a pico por el Tajo del río Guadalevín, con unos 160 metros de profundidad. Por esa Ronda monumental residen todas las gentes imaginables. No ya rondeños, sino de los más remotos orígenes. Ninguna dificultad, ningún problema, salvo los que cada cual arrostre ind vidualmente.

Ese cosmopolitismo está dentro de la tradición. Por estos pagos rondeños se han cruzado, a lo largo de la Historia, desde los pueblos prerromanos a los musulmanes. Unos se instalaron más tiempo y otros menos, pero de todos ellos existen testimonios. Desde las pinturas rupestres de la Cueva de la Pileta a las impresionantes manifestaciones árabes: Puerta de Almocobar, Murallas de la Cijara, Baños, Alminar de San Sebastián y la Muralla de la Albacara.

Tras la entrada de los Reyes Católicos en 1485 aumenta ese patrimonio con el Palacio de Mondragón -sede del museo de Ronda- y un conjunto de iglesias y conventos en el que destaca la de Santa María la Mayor, mezquita reconvertida por Fe nando el Católico. Completan ese carácter de monumentalidad religiosa las iglesias del Espíritu Santo, Santa Cecilia, Padre Jesús y los conventos de la Merced y San Francisco. A ellos se añade el templete de la Virgen de los Dolores y la ermita, excavada en la roca, consagrada a la Virgen de la Cabeza.

Desde esta ermita mozárabe se contempla el Tajo y la Olla de Ronda, la separación de la Ciudad y el Mercadillo. Una vista tan impresionante como la del Camino de los Molinos y la del Puente Nuevo, del siglo XVIII, considerado el símbolo de la ciudad. Pocas ciudades andaluzas aportan un conjunto de edificios civiles del relieve del Palacio del Marqués de Salvatierra, el del Rey Moro, la Casa Consistorial y la de San Juan Bosco. La plaza de toros es «la más antigua de España», del mismo siglo, el XVIII, que el Arco de Felipe V  y anterior a la Alameda del Tajo, excelente arbolado del siglo XIX.

Todo, absolutamente todo, se inserta en la meseta rocosa de manera apacible, sin pensar que las cosas podrían ser de otra manera. Así es como Ronda establece una relación de atractivos que desde sus entrañas suscíta una cuestión con forma y fondo orteguianos. La ciudad enumerada, más o menos descrita, corresponde a la Ronda actual, a la que está ahí, y junto a esa actualidad ofrece la supervivencia de un pasado histórico que se manifiesta por igual en todos los campos de las artes y de la cultura, del foldore también.

Un mestizaje de pasado y presente, sin solución de cont nuidad. Tan es así, que el presente puede adornarse con multitud de citas literarias. Las de Rainer Marie Rilke, inevitables. Las de Reniero Dozy, tan imprescindibles como los dibujos del escocés David Robert. Las de Ernest Hemingway, necesarias, y las de Orson Welles, obligatorias. Ronda parece haberse creado para el romanticismo, por eso pueden añadírsele otros muchos nombres, pero para los rondeños aquel que estará unido a la ciudad, «unido para siempre», repiten, es el del autor del Diario florentino, Rilke.

Puestos en la relación bibliográfica, cuenta entre los principales Richard Ford y su Manual para viajeros por Andalucía y lectores en casa, cuya vigencia reside parcialmente en la ignorancia ajena. Aún hoy, algunos foráneos, especialmente los otros europeos, acuden a la Serranía de Ronda buscando los famosos bandoleros y los caminos de cabras dibujados por el escritor británico. La decepción no será completa. Ronda también está puesta a gusto del consumidor turístico, prácticamente vive de ese comercio, aunque sea «deficiente» la comercialización de los recursos propios. Desde hace unos meses cuenta con un Museo del Bandolero.

Este museo es un compendio de casi tres siglos (XVIII, XIX y XX> de bandolerísmo, en el que los incrédulos podrán curarse de semejante enfermedad observando documentos (reproducciones) a favor y, sobre todo, en contra de los bandoleros. Las sensaciones de esa parte se completan con el Museo Taurino, lógico en la ciudad en la que Francisco Romero (1698-1763) fijó las reglas del toreo y su nieto Pedro Romero (1754-1839) fundó la escuela rondeña, defensora del clasicismo.

Por si fuera poco, la dinastía de los Ordóñez (Antonio Ordóñez fue enterrado en la Plaza de Torros de Ronda en 1999) tiene aquí sus orígenes y precisamente la amistad con ellos lleva a vinculaciones tan extraordinarias como las de Hemingway y Welles, que eligió estas tierras como escondite místico y definitivo. En honor a la verdad, no podía haber hecho una elección más acertada. (De la presencia de ambos en Ronda se pueden adquirir fotografías en el emblemático establecimiento de Miguel Martín, situado en los primeros compases de La Bola, eje del ambiente de la ciudad, en el que hoy, seguramente, el atormentado Rilke perdería algunos de sus sueños.)

Ronda no sólo ha inventado el toreo, la explotación comercial del bandolerismo y, en cierto modo, el turismo andaluz. Los via jeros románticos realizaron un juicio de valor estético, basado en lo que ellos suponían los niveles de desarrollo de estas gentes, al que los rondeños le han sacado la rentabilidad que les niega el terreno accidentado y pedregoso de su entorno. La actividad agraria está reduciéndose, en contraposición al fomento del turismo rural y a las actividades artesanales, como el queso de cabra y el mueble rondeño.

Los tres inventos aludidos muestran el carácter convulsionado y previsible de los rondeños. El poder de creación está con ellos, y realmente lo que han inventado son sus medios de vida. Ronda nunca ha vivido exclusivamente de su propia herencia. Tenía un alma muy grande y una economía que aún sitúa la tasa de paro en torno al 30 por 100 de la población activa. De haberse sujetado a ella, a la herencia, pese a su excepcional importancia, habría malvivido. La evidencia se encuentra en un hecho insólito para poblaciones de su tamaño, con algo más de 30.000 habitantes: la creación de la Caja de Ahorros de Ronda, que con el correr de los años -va para el centenario- se convierte en Unicaja, la primera y más importante de las entidades financieras andaluzas.

Diríase que esa creación es una respuesta a la jovialidad y presumible despreocupación que algún que otro escritor romántico atribuye a los rondeños. No parece que esto motivase tamaña preocupación. Si algo dan por cierto los rondeños, ese algo es que la abrupta majestuosidad de su ubicación urbana los aterra a su singularísima identidad. Aman lo propio. Tanto como para que en estos momentos discutan la legitimidad de un «club» de baloncesto para sustituir el nombre de Caja de Ahorros de Ronda por el de Unicaja. Un ejemplo de defensa pacífica de lo autóctono sin caer en la tentación, siempre excesiva, del narcisismo.

La ciudad comparte una factura antigua con otra reciente en la que desgraciadamente se descuidan algunos detalles. No se detectan, sin embargo, gestos de añoranza o de resentimiento ni siquiera cuando remontan el tiempo para reencontrarse con la nobleza del siglo XVIII, aquella que, espoleada por las criticas que contra ella se hacían y empujada por el deseo de aprovechar los recursos de sus tierras señoriales, «emprende la tarea de aumentar y mejorar el ganado caballar -escribe Cepeda Adán-, para lo que crea las Reales Maestranzas de Sevilla, Ronda y Granada -propietarias de las respectivas plazas de toros-, en las que aúnan los intereses económicos con los tradicionales criterios estamentales de hidalguía, ceremonial y selección».

De la primera, aquella de la factura antigua, en lineas generales sigue siendo afortunado el perfil de Ford, obviamente extraída la vigencia de aquella actualidad. El sentimiento rondeño está hecho de fruición y pruebas, de armonía con el paisaje de los parques naturales de Grazalema y las Nieves, a los que pertenece, y con el paisanaje. Ese profundo arraigo le acarrea indiscutible apego a símbolos como el Puente Nuevo, en el que, aportados por la factura reciente, se aprecian algunos de esos incomprensibles detalles.

La sinfonía del mal gusto apuntada en La Bola aporta nuevas notas en el Puente Nuevo, al permitirse que sobre el mismo, y sobre el Tajo, aparezca publicidad. Si eso ocurre en la clave más clásica de cuantas existen para entender Ronda, puede imaginarse fácilmente lo que acontece en barriadas como la de San Fernando, La Dehesa y El Fuerte, que se han ido configurando con un importante contingente de inmigrantes venidos de Arriate, Benaoján, Cortes de la Frontera, Gaucín y, en general, de todos los pueblos de la Serranía de Ronda.

Richard Ford, al que se adivina menos sensible que Rilke, compartiría con éste el malestar por algunos desmadres urbanísticos que rompen el compromiso con la tradición. La plaza que configura -entre otros nobles edificios- el antiguo Cuartel de Milicias (Casa Consistorial, siglo XVIII) y esa iglesia con legítimas aspiraciones de catedral, Santa María la Mayor, sería de las de mayor provocación de hermosura de todas las andaluzas, sí no estuviera infectada de automóviles, coches (pésimamente aparcados) que de un lado y de otro se comen todas las perspectivas de tan magnífico emplazamiento.

Impedida la posibilidad de asombrarse ante la generosidad de esta plaza y el poderío de sus edificios, queda el consuelo de su entorno: callejuelas llenas de historia, evocadoras de otros tiempos, pero reales, tradicionales, actuales. La Ciudad se pre- senta ahí con su compacto caserío, con sus terrazas y con sus patios como únicos espacios abiertos. Una ciudad secreta, íntima, en la que no puede decirse con exactitud que haya calles. El encanto se desprende de ese espectáculo urbano formado por callejuelas tortuosas, irregulares, confusas y, en algún caso, insignificantes.

El rostro de la Ciudad -la parte vieja- es árabe, con abalorios renacentistas y barrocos perfectamente fusionados con el intrínseco y recóndito misterio de sus orígenes. El discreto pintoresquismo de cada uno de los edificios invita a gozar de la calma, el silencio y la intimidad de sus reducidos espacios. Las callejuelas, con quiebros y ensanchamientos quebrados, limitan la visión, recogen la vista, pero estimulan la imaginación. Aquí las historias pueden ser pura fantasía, que son, de todas las posibles, las más estimables, las mejor estimadas.

La Ciudad ha dado a Ronda una personalidad privilegiada de la que no desentona el Mercadillo, salvo en las desmesuras recientes. El Tajo no ha roto la continuidad de la población ni ha alterado su estructura tradicional, pues el Guadalevín forma parte de la misma, con tres puentes históricos -dos de ellos árabes- para engarzar sus dos mitades. Así es como el desarrollo urbano de Ronda ha sido un fenómeno gradual ininterrumpido. Pero hay varias Rondas, no sólo las dos que normalmente se citan.

El plano de Ronda, a lo largo del tiempo, se ha alterado por ensanches, ampliaciones y reformas que no han afectado gravemente al centro histórico. Lo peor ha sido la renovación de algunos edificios. El contraste lo ofrece la Carrera de Espinel. Por un lado, la tradición con balcones de reja y en forma de jaulas; las fachadas como escaparate donde se presenta la casa solariega y el edificio público, proporcionados, armoniosos, llenos de carácter y estilo original. De otro, ya en su segunda mitad, alejándose de la plaza de toros, una arquitectura desigual con edificios carentes de gracia, unidad y sentido. Algo imperdonable  -probablemente subsanable- en una población monumental de tomo y lomo.

No es sólo el impresionante Tajo el que ha atraído (atrae) a pintores, a poetas, y a miles y miles de visitantes (turistas) desde hace años. Hay una concepción, si se quiere abstracta, forjada y promovida por los propios rondeños. Es la de recurrir a la imaginación para salir airosos de sus propias limitaciones, sin confrontarlas con el mal ajeno y sin demandar soluciones a terceros. Sabe ejercer la capitalidad de la comarca. Desde esa concepción, Ronda sigue manifestándose en las más diversas facetas: en el arte, con el moderno Teatro Vicente Espinel a la cabeza; en la vida literaria, con numerosas publicaciones periódicas y esporádicas; en la taurina, con la especialisima corrida goyesca; en la política; en la económica, con el recién inaugurado Parador Nacional de Turismo y el anglicano Hotel Victoria, donde conservan intacta la habitación en la que se hospedó Ril ke; en la eclesiástica y en la militar.

La continuidad (la tradición), en el más puro sentido dorsiano, es la que magnifica cada día los cuatro puntales de su existencia: Ronda es histórica en sí misma, con garantías prehistóricas. Romántica por los cuatro costados. Poética y novelesca a tope. Ecológica por su propia existencia, por su propia naturaleza. Parafraseando a Marías, la forma de Ronda ha permanecido después de que la sustancia social que le dio vida haya desaparecido. Así ha ocurrido desde que los romanos fundaron Acinipo -Ronda la Vieja-, a pocos kilómetros de la actual ciudad. Tal vez eso es lo que garantiza que seguirá siendo un sueño enjalbegado, una confidencia rilkeniana; seguirá siendo Ronda, con sus hermosisimas murallas.