SERRANÍA DE RONDA MÁLAGA

La Serranía, un futuro con pasado: Sus Pueblos

La ubicación de los pueblos responde a una decisión en la que no tuvieron arte ni parte sus actuales moradores; sin embargo, éstos expresan su vocación milenaria al dotarlos de vitalidad, al arraigarse en ellos, al darles continuidad manteniéndolos con la Algatocínpulcritud de antaño, con esa atmósfera sensual que viene de ayer a hoy como si tal cosa. Lejos de sacudirse el arabismo de varios siglos, lo asumen y dejan que penetre en ellos como parte de su identidad, sin esforzarse, simplemente porque así lo quieren. La mayoría de los pueblos sostienen la estructura árabe, si bien las viviendas se han amoldado a las necesidades de hoy, responden generalmente a los requisitos que sus inquilinos consideran necesarios para una vida aceptable. En el cultivo del hábitat hay un rechazo a lo vulgar, una primacía de la estética y, si cabe decirlo, de la ética. Un equilibrio entre lo fino y delicado del pasado y las comodidades, a veces las mínimas, del presente.

BenarrabáAsí ocurre prácticamente en las cerca de 16.000 hectáreas de la Serranía de Ronda, en la parte más occidental de la provincia de Málaga. Por la dispersión aludida, resulta complicada la definición de una población que, incluida Ronda, supera los 62.000 habitantes. Desde la perspectiva urbanística, si que hay rasgos comunes. Estos pueblos, a primera vista, no están fundados por ninguna necesidad funcional o utilitaria. Podría decirse que algunos responden al puro y simple deleite de combinarlos con la Naturaleza. He ahí, por ejemplo, los cuatro adscritos al Parque Natural de Grazalema: Montejaque, Benaoján,Gaucín Jimera de Líbar y Cortes de la Frontera, que además perte- nece al de Los Alcornocales. No sería, sin embargo, totalmente cierta esa fundación. Casi todos ellos tienen unos orígenes militares, responden a necesidades de defensa. La torre de San ta Cruz, en Atajate, corrobora la existencia de una línea de fortificaciones entre Ronda y Gaucín que durante la dominación musulmana separaba los reinos de Sevilla y Granada.

El castillo de Benadalid, a la misma distancia de la Santa Cruz que el que existió en Atajate, formaba igualmente parte de esta frontera. Probablemente, el origen de esta línea de fortificaciones se encontraba en Vejer de la Frontera y remataba en Estepona, según Vázquez Otero. La atalaya del monte Porón, sobre el que se extiende GenalguacilBenarrabá, dominaba poblados como Gaucín -la leyenda dice que sus fortalezas se comunicaban subterráneamente, Jubrique, Genalguacil y, entre otros, Algatocín. Del valor estratégico de Gaucín no hay dudas: formaba con Gibraltar la defensa de la entrada por el Sur. No sólo está presente en el origen árabe, en la toponimia, en las costumbres, en los sistemas de determinados cultivos, y en la artesanía del Valle del Genal, sino que casi todos los pueblos tienen otros antecedentes, especialmente romanos, como Gaucin y Cortes de la Frontera. Desde la Sierra de la Blanquilla (Cortes), donde se encuentran algunos de los testimonios más significativos, se domina el curso del río Guadiaro, básico en cualquier estrategia militar.

Los pueblos se encuentran en lugares difícilmente expugnables, colinas o sitios abruptos e inmediaciones de los ríos Genal y Guadiaro, para utilizarlos como obstáculos contra el enemigo. Ocurre, sin embargo, que cada uno de estos pueblos se ha ido adaptando a esa topografía irregular que, desde luego, ha condicionado su propia fisonomía. Eso sí, todos conviven estrechamente con el entorno natural circundante. El trazado de las calles se acomoda a las dificultades del emplazamiento. No es el urbanismo el que condiciona la Naturaleza, sino ésta la que determina cómo será el pueblo. El tejido geográfico no es muy grande, responde a poblaciones tan pequeñas que se pueden recorrer a pie, de cabo a rabo, en media jornada de ida y vuelta.

Un dato ratifica la dimensión, el de la población. Al menos nueve de estos pueblos:Jubrique Alpandeire, Atajate, Benadalid, Cartajima, Faraján, Jimera de Líbar, Júzcar, Parauta y Pujerra, tienen un censo inferior al medio millar de habitantes; otros cinco tampoco alcanzan el millar, Benalauría, Benarrabá, Genalguacil, Jubrique y Montejaque, siendo inferiores a algunas aldeas de otros municipios, como El Colmenar y La Cañada del Real Tesoro en Cortes de la Frontera. Esa dimensión pequeña, controlable, ha permitido que la organización de la mayoría de ellos mantenga sus raíces arábigas y la posterior influencia castellana. La mayoría de ellos están nucleados en torno a la iglesia. Esta circunstancia aparece más clara en Alpandeire, Arriate, Cuevas del Becerro, Benadalíd, Benalauria, Cartajima, Faraján, Igualeja y Pujerra, que en Benaoján, Cortes de la Frontera, Gaucin, Genal guacil, Jimera de Libar, Jubríque y Júzcar.

Los ayuntamientos -desde el enfoque urbanístico-aparecen algunas veces como una institución secundaria, que ni siquiera se eleva junto a los edificios más singulares y característicos de la plaza o de la calle principal. Estas normas generales tienen excepciones, como la de El Burgo, que cuenta con dos iglesias, Nuestra Señora de la Encarnación y San Agustín, además del convento de Las Nieves. Hay otras variantes. Una de ellas es que las iglesias que nuclean a los respectivos pueblos pueden encontrarse en un punto distinto al que constituye el centro geográfico de la localidad, como en Atajate, donde se encuentra en la carretera Ronda-Algeciras. Otra, que no sean edificios nobles los que nuclean a la población, como en Algatocín, Benarrabá y Parauta, con sus respectivas plazas. Y por último, que las poblaciones cuenten con varios cuerpos urbanos, dos en el caso de Montejaque y algunos más en el de Cañete la Real, nucleados en torno a las ruinas del antiguo castillo. El eje principal, compuesto por la alineación de varias calles que atraviesan toda la localidad, tiene en la iglesia de San Sebastián uno de sus puntos de partida y en el ayuntamiento cañetero lo que podría llamarse la divisoria de la línea irregular.

De esta forma, los pueblos han acabado por adquirir una personalidad que está por encima de sus miembros individuales. La Historia no ha pasado en vano por ellos. Cuando se pro duce la fase de fundación actual ya cuentan con antecedentes; unas veces simultáneos, otras inmediatos y, la mayoría de ellos, pretéritos. Como en cualquier otro proceso vital, siempre hay algo que precede a lo creado. Algo desde donde arranca la tradición, definida por Lacordaire como el vínculo del presente con el pasado. Ese algo en los pueblos de la Serranía de Ronda, con determinadas salvedades, es la homogeneidad de las casas, y su mejor explicación son las raíces árabes. En Algatocín, Alpan deire, Benadalid, Benalauría, Genalguacil, Igualeja, Júzcar y Pujerra están asentadas de parecida forma en la Naturaleza, y el perfil o la estructura urbana es similar.

Las casas, por tanto, son un factor decisivo y definitorio. Los árabes son poco dados a elevar fachadas significativas y esplendorosas; acostumbran a ocultar su afortunada condición e interiorizarla más en la vivienda. Prosigue esa tradición en estos pequeños pueblos porque el dominio feudal lo han acusado de manera muy distinta a la de las ciudades -la misma Ronda- y a la de poblaciones mayores como Cañete la Real. Han padecido las consecuencias feudales, pero la impronta arquitectónica ha brillado por su ausencia. No sólo en las casas o edificios -con casos aislados en Algatocín, Cortes de la Frontera o Gaucín-, también en la estructura urbana. La carencia de grandes espacios abiertos se debe precisamente a la procedencia árabe, agudizada por la falta de retoques renacentistas y barrocos. No se constata aquí como bueno o malo, bonito o feo, simplemente es así.

Cuanto más antiguos son los barrios, más se detectan las calles estrechas, a menudo cubiertas por los salientes de las casas. No es nada extraño que terminen en callejones ciegos y, por descontado, imposibilitando el tráfico rodado. Las casas son bajas, de dos o tres plantas, construidas con piedra, madera y barro. La puerta de entrada y las ventanas muestran la implicación de los moradores con la calle, la complacencia por las relaciones vecinales. Cada cual, con su vida particular, en la representación de su propia comedia, con la intimidad medida a su gusto y capricho. Que haya pueblos sin plazas -tan características, por otra parte, de la cultura mediterránea- podría inducir a pensar en la inexistencia de convivencia comunal. No es así. En cualquiera de ellos se detecta que la reciprocidad vecinal es una de las esencias del pueblo como tal. Cualquier recoleto rincón de Pujerra o Júzcar, un paraje pintoresco de Jubrique o Genalguacil, la calle misma de Jimera de Libar, Faraján o Cuevas del Becerro, acortan todas las distancias, convocan a la convivencia, al encuentro informal, a la reunión espontánea. Los pueblos con plazas, claro está, suelen tener a éstas como escenario principal de la representación histórica, de las relaciones cotidianas, de la asistencia pública. No así en Benarrabá, donde la vida está en la parte opuesta a la plaza del Cristo de la Santa Cruz, en la parte baja del pueblo. De la arquitectura a los gestos hay unos pasos muy cortos. No todo es tan pretérito como el urbanismo, aunque el pasado sea una fuente vital. La realidad puede parecer siempre la misma, sin embargo se renueva cada día. Aquello que Cepeda Adán denomina «cultura coloquial», sirve de ejemplo. Se mantiene en estos pueblos la cultura oral, pero es obvio que las conversaciones no son las mismas que un siglo atrás. Una cultura desde la que progresan los pueblos -entendidos aquí como una unidad humana- porque, dicho en términos populares, «hablando se entiende la gen- te». Diálogo para la amistad, el trato y, si es preciso, la pendencia; la palabra impone el orden.

La estampa de todos los pueblos es rural. El componente más fuerte es el del folklore, la cultura popular, incluso en el aprovechamiento y la transformación de los recursos naturales: que so (renombrados los de cabra de Cuevas del Becerro, los de almendra de Atajate y los de castañas de Parauta y Benalauría), aceite de oliva, productos procedentes de la ganadería y de la caza, miel, castañas, setas, dulces (muy variados los de El Burgo), mermeladas, mostos y unos licores naturales muy enraizados en la comarca, entre los que destaca el aguardiente de guindas y madroño y la mistela de Arriate. Todos ellos con una simiente artesanal que se repite en las chacinas de Arriate, Algatocín, Cortes de la Frontera, Benaoján y Montejaque. Han sido y son medios de subsistencia común a la casi totalidad de los pueblos, si bien cada uno de ellos tiene su propia vida local. Del ánimo que reina en ella depende gran parte de su futuro. De momento, en líneas generales, éste se caracteriza por la dispersión agraria, forestal, turística, artesanal y ganadera, con sus correspondientes industrias cárnicas.

Ahora bien, desde 1992 en que fue creado el Centro de Desarrollo Rural (Ceder), con sede en Ronda, para gestionar los programas Leader de la Unión Europea, los pueblos han llegado a la conclusión de que es imposible crecer y desarrollarse en solitario. «La unidad mínima de crecimiento es la comarca y de eso ya están convencidos todos los pueblos», afirma Antonio Chacón, director del Ceder. Las inversiones realizadas superan los 2.000 millones de pesetas en total, el doble de la prevista, y afectan a 150 proyectos de iniciativa privada. Los efectos sociológicos son tan importantes como los socioeconómicos. Por un lado, el aprovechamiento de recursos ociosos sin producir impactos negativos en el medio ambiente; de otro, «se ha generado ilusión en los pueblos, ahora saben que hay futuro, que se puede vivir en el medio rural».

De momento, han frenado la emigración y el individualismo. La primera conducía a la desaparición de pueblos, circunstancia que Atajate patentiza más que ninguna otra localidad. Ahora, «la población se mantiene» en la mayoría de los pueblos, e incluso en algunos crece. El crecimiento no es sólo por el movimiento demográfico, influye el retorno de emigrantes en localidades como Cortes de la Frontera, y el importante contingente de residentes extranjeros, que tiene su mejor exponente en Gaucín. En cuanto al individualismo, la erradicación se detecta en los pueblos como tales y en la actitud personal de sus miembros. «Los sectores económicos están organizándose y ello favorece la promoción, comercialización e imagen de los productos de la comarca», recalca Antonio Chacón.

Un proceso vital en el que están implicados un cúmulo de costumbres, tradiciones, sentimientos y actitudes más o menos singulares de cada comunidad. Habrán variado y continuarán variando a lo largo del tiempo, pero en ningún caso se adivina que estas alteraciones provoquen la inmediata pérdida de iden tidad. En algún caso, las manifestaciones de uno y otro pueblo coinciden; en otros, hay variaciones localistas y, en muchos de ellos, predomina la originalidad. Ahora bien, los nuevos síntomas de alegría y esperanza no ocultan las inquietudes. Están acostumbrados a mirarlas cara a cara, signo inequívoco del deseo de transformación. Saben que el rumbo se pierde en cuanto se desvincula el presente del pasado, pero también que el mayor arcaísmo de la Serranía de Ronda se encuentra en sus efectos económicos.

Todos los datos socioeconómicos demuestran que ésta es una comarca deprimida. La superficie de los terrenos de vocación forestal -con pendientes superiores al 20 por 100, sin viabilidad económica para la agricultura-, suponen el 87 por 100 de las cerca de 150.000 hectáreas de la comarca. En los valles del Guadiaro y del Genal, prácticamente alcanza el 100 por 100, mientras que en la meseta desciende al 60 por 100. La renta per capita de las diez primeras comarcas andaluzas se sitúa en torno a las 850.000 pesetas. La de la Serranía de Ronda está en las 625.000 pesetas, algo más del 25 por 100 menos. La comarca, sin Ronda, desciende a las 445.000 pesetas, casi la mitad fijada en las diez primeras comarcas. La población alcanza los 60.470 habitantes. De ellos, 33.910 residen en Ronda. Los datos de 1991 señalan que la población activa con Ronda es del 47,3 por 100 situándose la que está en paro en el 37 por 100. El primero de los datos disminuye al 45 por 100 si se excluye Ronda, mientras el del paro aumenta al 46 por 100.

Este territorio rural está en plena mutación socioeconómica, consolidando, como un fenómeno irreversible, la desvinculación de lo agrario y lo económico. La agricultura, caracterizada por el monocultivo, está dejando de ser única fuente de desarrollo, dando paso a facetas como la de la calidad ambiental y a los sectores dependientes de las industrias cárnicas. Así, se liga la función productiva del agricultor con la protección del medio ambiente. Unos primeros resultados confirman que se mantiene la población rural. Sólo en 12 años, de 1961 a 1972, la cifra de emigrantes se aproximó a las 8.000 personas, una población equivalente a las de Alpandeire, Atajate, Benadalid, Benalauria, Benarrabá, Cartajima, Faraján, Genalguacil, Jubrique, Júzcar, Parauta, Pujerra, Benaoján y Jimera de Libar. Los protagonistas de aquella emigración fueron los jóvenes y, como consecuencia de ello, todos los pueblos -excepto Ronda- venían presentando un crecimiento negativo y una población envejecida.

Valle del Gua diaro

La cuenca del río Guadiaro, con una superficie de 1.054 kiló metros cuadrados, está formada por cuatro pintorescas localidades: Montejaque, Benaoján, Jimera de Libar y Cortes de la Frontera, cabecera de una subcomarca en la que se enmarcan algunos pueblos del Valle del Genal. Los cuatro se encuentran en el Parque Natural de Grazalema y Cortes de la Frontera; además, tiene territorio adscrito al Valle de Los Alcornocales, la mayor masa forestal de la provincia de Málaga. El curso del Guadiaro ofrece algunos de los paisajes más ricos y variados de Andalucía. Ambos parques -Grazalema y Los Alcornocales- gozan de un prestigio internacional y, por tanto, tienen un potencial turístico de gran relieve. Las posibilidades industriales -pequeñas industrias- no son menos, especialmente las del corcho y el brezo, en las que destaca Cortes de la Frontera, y la de las chacinas, de relieve en Benaoján.

La comercialización de los productos aún es deficiente, circunstancia derivada de una cultura empresarial que está en proceso de formación. Un pez que se muerde la cola es el de aspectos sociales como el del paro, con una tasa superior al 50 por 100 en 1991; la instrucción, con un 50 por 100 de personas analfabetas o sin estudios, y el envejecimiento de la población, con un 17 por 100 superior a los 65 años. La pérdida de población, consecuencia de la emigración de los sesenta y setenta, está cifrada en el 38 por 100. A pesar de ser una tierra rica en agua, las peculiaridades del medio físico, con pendientes medias superiores al 30 por 100, no la hacen apta para su aprovechamiento agrícola. El regadío apenas alcanza el 0,5 por 100 y la tierra cultivable, el 21 por 100 de la superficie total. Predomina el minifundismo, y las producciones agrícolas, destinadas al autoconsumo, no generan rentas significativas.

La vinculación a la Naturaleza es tan potente como el malestar provocado por las limitaciones que imponen los parques naturales. Las opiniones están divididas respecto a los beneficios derivados de esta declaración, inclinándose hacia el lado negativo cuando se alude a la toma de decisiones en la provincia de Cádiz. «No nos dejan hacer nada», se quejan los vecinos del Guadiaro. «Pueden hacer prácticamente lo mismo que venían haciendo, pueden hacerlo todo igual, pero tienen que pedir permiso», replican desde la Administración. Las posibilidades de ponerse de acuerdo son bastantes, sobre todo si se parte de algunas coincidencias: «La Agencia de Medio Ambiente tiene que facilitar mayor y mejor información.»

De lo que no cabe la menor duda es de la convivencia con la Naturaleza. Por eso, el futuro está enfocado hacia el aprovechamiento máximo de los recursos naturales y la implantación de industrias de transformación y comercialización, en las que Benaoján ejerce cierto liderazgo. La puesta en marcha de iniciativas turísticas ya está dando resultados en Cortes de la Frontera, en tanto que la pujanza de Jimera de Libar y Montejaque presenta un ritmo menos acelerado.