VÉLEZ MÁLAGA Málaga

LA Visión externa de Vélez-Málaga hace referencia inevitable a la histórica capitalidad de la comarca de la Axarquía y a sus perspectivas de futuro, ligadas a la espita económica de la provincia: el turismo. Vélez-Málaga es hoy, con sus más de 53.000 habitantes, no sólo el centro sino también el culmen de la comarca axarqueña. El interesante mosaico socio-económico y cultural que constituye esta ciudad viene a confirmar esta pretenciosa afirmación, avalada por los datos. Vélez es hoy la única ciudad malagueña junto con Marbella que, exceptuando la obviedad de la capital,Vista de Vélez con el castillo árabe. La Axarquía ocupa un lugar en el grupo de las 19 ciudades andaluzas con más de 50.000 habitantes. Otros núcleos urbanos malagueños con merecida fama, como Antequera y Ronda, han quedado atrás.

La explicación, desde luego, no se vislumbra en las callejas de su Villa, casco antiguo de la ciudad declarado conjunto histórico-artístico, porque es difícil competir en monumentalidad con estas otras. Un núcleo de población a pie del mar con más de 10.000 habitantes, empeñado últimamente en obtener la segregación, ilumina el despegue de una ciudad que, aunque comercial, ha estado siempre amarrada a los frutos del hoy decadente campo.

Torre del Mar, la antigua Mariyya Balis o «atalaya de Vélez», proporciona a su metrópolis la salida al Mediterráneo y el contacto con una actividad, el turismo, que ha mantenido a flote a la capital axarqueña. Antonio Hidalgo, pintor veleño, afirma con descarada sinceridad, que Vélez, sin Torre del Mar> «se quedaría aislada».

Gracias al auge turístico de este núcleo, que presume de contar con el paseo marítimo «más bello de Europa», el sector servicios y la construcción, han ocupado a muchos veleños, incapaces de vivir ya del campo o del comercio. Vélez es, desde siempre, eminentemente agrícola, aunque algunas fábricas de azúcar, chocolate o ladrillos alumbraran por un momento su sueño industrial. La extraordinaria riqueza del valle que abre a su paso el río Vélez, unido a su clima subtropical, han propinado el cultivo de olivos, vides, tomates y patatas, y, modernamente, aguacates, mangos, kiwis y una variada gama de frutos extra-tempranos.

Iglesia de Santa María. Vélez Málaga. La AxarquíaComo diría la hija más ilustre de este pueblo, María Zambra no, «no hay infierno que no sea la entraña de algún cielo», y en el caso del campo veleño, su crisis tras la filoxera sufrida a finales del siglo XIX, propició la activación de innovaciones agrícolas que hoy tienen arte y parte en el florecimiento de su economía. Este despertar de la agricultura se ha hecho presente en muchas otras localidades de la Axarquia, lo que, según Antonio Hidalgo,«termina beneficiando también a su capital» como consecuencia del crecimiento comercial. La actividad comercial de Vélez y su condición de centro neurálgico, por administrativo, han determinado desde siempre la vida del pueblo. Esta, sin embargo, ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años, o al menos así lo entienden los actuales veleños de edad media, que desparraman añoranza de sus vivencias infantiles en cada palabra.

Gallardo Valdés, Jurado Lorca, Bonilla, Hidalgo y el inigualable Evaristo Guerra han encumbrado a Vélez a un lugar destacado en la historia de la pintura española contemporánea, y han generado un espectacular enriquecimiento de la vida artística, cultural, e incluso comercial veleña. Cinco escuelas privadas de arte inician a más de trescientos alumnos en la tarea pictórica. Estos se empeñan, generalmente, en emular a sus mayores, que con su actividad autodidacta y su estilo realista fantástico han con- vertido a Vélez en «el pueblo con más pintores por metro cuadrado.» «Aquí, le das una patada a una piedra, y aparece un pintor», bromea la esposa de uno de ellos. Quizás no sea tanto la cantidad, aunque singularmente abundante, sino su talante, lo que determina esa sensación de omnipresencia de la pintura.

La escultura que homenajea al cantaor flamenco Juan Breva en la plaza del Carmen ejemplifica adecuadamente esta teoría. Porque, si la autoría del bronce corresponde al también lugareño Jaime Pimentel, su ideación y financiación hace referencia a todos los artistas que habitan en Vélez. Estos acostumbran a contribuir con la cesión de alguna de sus obras para costear monumentos del pueblo, la restauración de algún edificio o el término de alguna obra benéfica. Ese es el motivo, dicen, de que sean tan queridos por todos los veleños.

Las pinturas de los artistas oriundos, o de aquellos otros que han llegado atraídos por el ambiente de la villa recrean, las más de las veces, los testigos de piedra que la historia ha ido dejando por sus calles y plazas. Esta costumbre, irreprochable si se contempla la línea quebradiza de sus torres sobre el horizonte, tributa un homenaje en vivo a la teoría del maestro de Maria Zambrano, Ortega, para quien la influencia que sobre el futuro del arte ejerce siempre su pasado, es inevitable. La tradición heredada por los modernos al margen de su voluntad se remonta a muchos siglos atrás.

La fortaleza del siglo XIII, que preside el pueblo e inicia su rememoranza árabe, corona una serie de monumentos arracimados monte abajo por toda la ciudad, y que proyectan las distintas etapas de la historia lejana y reciente de Vélez. Desde su desafiante torre del homenaje, los restos de la muralla árabe, cuyos lienzos van quedando poco a poco otra vez al descubierto, demarcan el barrio viejo, conocido como La Villa.

Cultivos mediterráneos y tropicales. Vélez Málaga.A él se accede por dos de los vanos de esta muralla que aún quedan en pie: la Puerta Real y la de Antequera. La primera de éstas, que debe su nombre al paso por ella de los Reyes Católicos, acoge tras un cristal a la Virgen de los Desamparados, que los lugareños llaman con respetuoso gracejo «de los mamparados». Es éste un precedente del arte religioso que reforma la ciudad tras la entrega de la villa a los cristianos por parte de su último alcaide, Abul Kasim Benega. Las numerosas torres que como las de Santa Maria de la Encarnación (siglo XV) y San Juan (siglo XVI) rompen el techo de la capital axarqueña, indican no sólo los templos a los que están adosadas y la ubicación de las originarias mezquitas sobre las que se levantaron, muchas de ellas por orden de los propios Reyes Católicos, sino también la distribución urbanística de la ciudad tras la reconquista.

Fuera del recinto amurallado se levantan los barrios de San Juan, Pozo del Rey y San Sebastián (siglo XVI), a los que siguen los de San Francisco, Capuchinos y del Carmen, en torno a las construcciones conventuales de distintas órdenes religiosas. Estos barrios, de gran solera, acogen también edificios de alto valor histórico-artístico, como es el caso del hermoso palacio de los marqueses de Beniel (1612), hoy sede de la Fundación María Zambrano y de la activa Universidad de la Axarquia. También la fuente de Fernando VI, con sus cuatro caños, o la casa en que, dicen, se hospedó Cervantes, enriquecen el patrimonio veleño, premiado en los años setenta con el titulo de Conjunto Histórico- Artístico. No sólo su monumentalidad, sino la correcta combi- nación de ésta con las construcciones de nuevo cuño, proporcionaron la concesión.

Sin embargo, el descuido y maltrato de estos valiosos edificios y de las añejas calles que los acogen es suficientemente constatable. Numerosas voces de denuncia han surgido en Vélez en torno a ésta y otras cuestiones relacionadas con la desidia que últimamente parece dominar a los veleños ante su patrimonio y la vida misma de la ciudad. Antonio Jiménez habla de «aparatoso deterioro global», y se duele de la escasez de recursos en hombres e ideas, con que cuentan para encontrar una salida airosa ante el hecho de que el casco antiguo puede acabar «cayéndose en pedazos». Para Jiménez, como para Salvador Moreno Peralta, la solución a los problemas de Vélez y la llave de su futuro se encuentra en el concepto y ejercicio de su capitalidad. Ambos coinciden en la demanda de un cambio de mentalidad que permita a Vélez asirse al carro del futuro y garantice su supervivencia como centro aglutinador de la comarca.

Pesimismos aparte, lo cierto es que la transformación de las comunicaciones habida en la comarca y esa otra, más profunda si cabe, que se avecina, dificultan el mantenimiento por parte de Vélez de sus funciones vertebradora y cohesionante. La cercanía y accesibilidad de Málaga y el notable crecimiento de localidades como Nerja y Torrox agravan esta situación. Pocos municipios axárquicos dependen ya de Vélez, y los que lo hacen, aportan poco a su economía porque no son relevantes. Incluso sus anejos de Chilches, Almayate o La Caleta, que en su totalidad acaparan el 50 por 100 de la población veleña, se miran cada vez más en el espejo de Torre del Mar para acercarse progresivamente al concepto autárquico de municipio. Numerosas circunstancias, no obstante, han defendido la capitalidad de Vélez históricamente. No sólo las meramente geográficas, económicas o dimensionales. También las históricas, y hasta gastronómicas y foldóricas, por insignificantes que éstas puedan parecer.

Lo cierto es que una demarcación territorial que, según muchos de sus detractores, no tiene en común más que el nombre, compendia en Vélez buena parte de su base cultural y social. Las condiciones que han definido en el pasado y determinan el futuro de esta comarca se conjugan en su capital de un modo singular. Así, el origen árabe, el posterior repoblamiento por cristianos viejos, su dependencia económica del campo, la renovación agrícola derivada de la plaga de la filoxera y, finalmente, la conjugación de dicha agricultura con la actividad turística que la hace rentable; todo ello, facilitó que Vélez liderara el discurrir de la Axarquia.

Lo cortés, sin embargo, no evita lo valiente, y Vélez ha dejado de ser en los últimos años lugar de destino, sin conseguir hacerse de un papel preponderante como enclave de tránsito. La solución, para Moreno, no se encuentra sólo en aprovechar las insospechadas posibilidades que ofrecen las nuevas comunicaciones, sino en dotar de contenido a la capitalidad veleña para que confluyan otra vez en ella los modernos recursos, no sólo de la Axarquía, sino también de esta otra Costa del Sol malagueña. Otro veleño sensibilizado, Miguel Angel Torres, cifra los principales objetivos a cumplir en, por un lado, la recuperación y conservación de los parajes naturales que vivifican su término municipal; y por otro, en la vivencia de su medio social «en versión auténtica y pausada», regresando a los valores culturales del pasado inmediato.

Son los principales anejos de Vélez (cuenta con trece) los que conservan mejor las tradiciones típicamente axarqueñas: el Sanjuaneo, la procesión marinera de la Virgen del Carmen y sus distintas romerías, son algunas de ellas. Como auténtica ciudad que es y por su carácter de zona de tránsito, Vélez acoge con más facilidad las costumbres importadas, lo que dificulta la perpetuación de lo propio. Así, sus ilustres Semana Santa y feria de San Miguel -que cumple 153 años- han admitido prácticas, más propias de las capitales malagueña y sevillana que de su pasado reciente.

Algunos proyectos a punto de ser inaugurados -como el aeródromo que acogerá el Club de Aeromodelismo de Málaga y albergará urbanizaciones de lujo y zonas de ocio y recreo-  y las condiciones favorables de que dispone Vélez para coger el tren del progreso, le auguran un futuro prometedor. La implantación de cuatro canales locales de televisión y numerosas emisoras de radio en los cuatro últimos años, presagian, desde luego, que dicho futuro no anda lejos. Lo que, a todas juces, parece indiscutible es que el camino a seguir conduce indefectiblemente al mar.

El presente, e incluso el pasado reciente, no son, sin embargo, motivo de congoja o desesperanza. Porque, como anunciara en su filosofía existencial la inigualable escritora de Vélez-Málaga Maria Zambrano: «Vivir es errar, andar a la deriva tras ese único que nos persigue sin tregua, en el seno sin fin de esa realidad que nos deja, que tampoco permite que nos hundamos en ella, resistencia última que nos obliga a salir, a sostenernos.»