Campos de Níjar (Almería)

ESPARTO, TRAPO VIEJO Y BARRO

AImería es -y ha sido-  poco generosa con sus gentes. El clima, seco, y la tierra, dura, han hecho que los almerienses saquen provecho a lo que otros ya han desechado.

En escritos fechados en el año 29 antes de Cristo, el geógrafo Estrabón denomina al Sureste español con el nombre de Spartárium Pedión (campo de esparto): "Tierra sin agua donde crece abundantemente la especie de esparto que sirve para tejer cuerdas y que se exporta a todos los países, principalmente a Itálica". Veinte siglos largos después tan sólo ha cambiado una cosa: el esparto almeriense apenas interesa a nadie... y mucho menos al comercio exterior.Iglesia mudéjar de Níjar

Sierra Alhamilla, Marchal de Enix, Roquetas, Aguadulce o Cabo de Gata son comarcas y pueblos que, antaño, fueron esparteras. Hoy apenas queda quien sepa trenzar un cestillo para la oficina de turismo local y, menos aun, un lugareño que saque al viejo oficio rentabilidad alguna. En San José, una pequeña y tranquila localidad del litoral almeriense, habita Felipe Soto Hernández, último entre los últimos

Ya en su jubilación, Felipe decidió retomar como entretenimiento lo que de niño había sido su padecer -"al recoger el esparto en el monte, las palmas de las manos sufrian los pinchazos en forma de ampollas y callos"-. Mientras trenza lo que horas después será un cesto que colgará, a la vista de los turistas, en el portón de su casa, este viejo espartero va re ordando lo que fueron duras jornadas de labor: "Nos levantábamos con el sol y pasábamos seis u ocho horas arrancando atochas [plantas del esparto]".

Por la tarde no se solía recoger: "Los tallos estaban muy secos y quebraban fácilmente". Así, por las diferentes comarcas esparteras se iba completando un recorrido que, en realidad, nunca podía darse por acabado: "Cuando se había trabajado el último campo se regresaba al punto de partida, en donde el esparto ya había rebrotado".

Memdrugos

Lo penoso del oficio no excluía, evidentemente, las raciones alimenticias de los braceros -"el día se pasaba con una botella de agua y un pedazo de pan. De vez en cuando, dabas un mordisco al mendrugo y lo lanzabas hacia delante. Al llegar al punto en el que había caído, lo recogías para dar le otro mordisco y lo volvías a arrojar... y así sucesivamente"-. Para la noche quedaba el arroz cocido o la torta de cebada, que los peones compraban al encargado de la báscula.

Según el Vocabulario andaluz recopilado por Antonio Alcalá Venceslada: "En el sur de la Peninsula se recurre al vocablo jarapa para referirse al (...) cobertor urdido con trapos torcidos". El mismo autor especifica que el término proviene del castellano harapo, aunque con la h inspira da, propia de los almenenses.

Original y colorista cobertor de retales con fuerte presencia en Nijar (foto de arriba) y comarca, la jarapa es, ante todo, recuerdo de lo que era Almería cuando la llamaban provincia de las tres cosechas: esparto, mocos y legañas. Había pobreza y sólo el ingenio de cada cual podía mitigarla.

Jarapa y colchón

Francisco, mientras maneja el telar manual que los Montoya Simón conservan en su céntrico comercio nijareño, cuenta que la antigua función de la jarapa era evitar que el óxido del somier manchara el colchón -"se colocaba entremedias de los dos"-. Luego recuerda otras prendas y tejidos elaborados de igual modo: ponchos, colchas, mantas de abrigo, alfombras y demás ajuar doméstico.

Aunque hoy las jarapas  utilizan los retales desechados por las grandes fábricas textiles, Francisco sabe cuán distintas fueron las cosas en el pasado - "las mujeres de la casa iban guardando los trapos viejos para, cuando conseguían reunir cinco o seis libras de material, ir al telar y encargar la jarapa"-. En muchas casas de Nijar aún se conserva, guardado como oro en paño, aquel cobertor o aquella colcha que la madre regaló a la hija en vísperas de boda.

Pero la jarapa no es sólo el coser tiras de retal las unas junto a las otras, sino que también hay que contar con los artesanos que preparan las lista.  Estos, hace años mujeres y hoy jubilados, se sacaban un pequeño jornal con esta tarea. Su labor, idéntica a la practicada por Manuel y Josefa en el cercano pueblo de Campohermoso, era tan sencilla como cadenciosa: coser tiras y liar madejas con ellas.

En Níjar, hoy día la industria de la jarapa es una buena fuente de ingresos y son muy numerosas las tiendas que venden alfarería y las coloristas jarapas. En la imagen la iglesia mudéjar de Níjar

AIfarería de Albox

Algo más hacia el interior de la provincia queda Albox, un tranquilo pueblo al que un antiquísimo hogar alfarero ha puesto en el mapa - al menos en todas las guías turísticas que retratan a Almería-. Con más de 300 años de antigúedad, declarado de interés histórico cultural y todavía hoy en perfecto estado de uso, en este horno moruno continúan cociéndose, formas y piezas de la más rancia cacharrería popular: orzas, cántaros, bacinas, botijos, platos, etcétera.

Propiedad durante generaciones de la familia a la que llaman Los Puntas -"siempre hemos vivido y trabajado en la punta del pueblo, de ahí el mote"-, ahora Francisco, Antonio y Juan Jiménez, en su calidad de hermanos y compañeros de trabajo, son quienes regentan el viejo alfar. Bajo un añejo taller aireado por dos amplios portalones y techado por cubierta de teja, pino y caña, cada uno va legando al barro lo mejor de sí mismo: Juan sobre el torno, Francisco con los retoques del acabado y Antonio en el manejo de buriles y pinceles.

Este último argumenta que el encanto de sus vasijas y cántaros está precisamente en sus suaves imperfecciones. Son lo que en Al box llaman tres picos - en otras zonas son tréboles o patas de gallo-, y que en realidad constituyen algo así como el certificado de autenticidad artesanal: "En el horno, al dilatarse las piezas, éstas se pegan entre sí. Los tres picos se marcan al separarlas".

Modelando el barro blanco de las piezas crudas o el rojo de las vidriadas, Los Puntas son tradicionales hasta en el más pequeño de los detalles -"cuando la cocción concluye, tomamos unas tenazas y pellizcamos una de las piezas. Cuando todo acaba, una copa de anís"-. Después ya sólo  queda colorear: onzas verdes, marrones o churretones azules.

Pepe Varela          

 

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